Libertad interior: bandera de todos

Últimamente parece haber una ola de “dogmas” vestidos de libertad espiritual, que continúan en el mismo antiguo paradigma del que venimos y, en apariencia, queremos abandonar. Para ser verdaderamente espiritual o “evolucionado”, “tengo que” llevarme “bien” con todo el mundo, tengo que tener un rostro de constante paz y alegría, tengo que hablar despacio y amorosamente, tengo que mostrar mi perfección ante los demás, no tengo que comer carne, no tengo que fumar... y un largo etcétera de requisitos para tener un comportamiento adecuado. Curiosamente, cuando adquiero esta postura artificial, entonces miro “un poquito por encima del hombro” a los que odian, a los que juzgan, a los que se llevan mal, a los que compiten... y les pido que cambien, y les insto a que sean “mejores personas”, que se vengan al lado de la luz, que no juzguen a nadie... sin ver que yo mismo los estoy juzgando a ellos aunque, por supuesto, me digo que no es así, que yo no hago esas cosas. Esto incluye, por supuesto, en el ámbito económico, aportar o cooperar en proyectos, o en acciones que se determinan que son “cooperadoras”, y si no lo hago, no estaré correspondiendo con la imagen de lo que debo ser. Es decir, se me pide que deje de ser quien soy, para comportarme como una imagen determinada. Antiguo paradigma vestido supuestamente de nuevo.


Antes esta imagen era la que determinaban las religiones, y cuidado, que hoy en día puede ser la imagen que determina la “nueva espiritualidad”. Entonces empiezo a comportarme como la imagen se me pide, pero interiormente estoy también sintiendo acciones o impulsos en el sentido contrario, que me alejan de hacer determinadas cosas, pero a las cuales no quiero escuchar porque se supone que es lo que hacen “los malos”. Así estaremos ante un conflicto. Y si lo están, estamos de suerte, porque el conflicto nos indica que el corazón está vibrando por actuar de una manera diferente, ajena totalmente al “impulso del bueno”, y al “impulso del malo”. Habrá quien esté encantado con esta forma de actuar antigua, y será excelente para esa persona, pues ni siquiera se planteará por qué razón lo hace. No es este artículo indicado para quienes se encuentran en esa situación, sino para quien siente un conflicto.

El así llamado “nuevo paradigma” pasa por una gigantesca limpieza interior, mental, emocional, y de todos los niveles del Ser. Limpieza de dogmas, de “tengo que”, de “tienes que”, de “estoy obligado”, disolución de opiniones, de creencias... en fin, un cambio total en la lógica de nuestro pensamiento. Tan radical es el asunto que, por supuesto, no todo el mundo está dispuesto a pasar por el difícil trance que supone, y eso no causaría ningún problema de no ser porque muchas personas que no están dispuestas a transformarse, tratan de imponer su idea de lo que debe ser un nuevo “ser espiritual”, o un “humano evolucionado”. Este mensaje que aquí escribo está destinado a las personas que están realizando este gran cambio, pues creo que es importante que no se caiga en la trampa de dar credibilidad y energía a unas ideas que pueden ser muy peligrosas por la facilidad en la que uno puede caer en ellas.

Durante miles de años hemos sido movidos por estos “programas” de comparación y de competencia, que ahora siguen manifestándose con el “yo soy más bueno que tú”, “tú tendrías que actuar de otra manera”, "vamos a hacer lo que dice éste o aquel, que están más evolucionados que nosotros"... etc... es la mente del “antiguo paradigma” la que establece las comparaciones. La competencia y la comparación no habitan en el Ser Interior. Esto se puede ver fácilmente cuando el pensamiento se detiene. Allí no hay un ápice de comparación o de competitividad. Si no hay imágenes con quienes compararme, no existe tal cosa como la comparación. Y a medida que vamos siendo capaces de vivir desde nuestro corazón, encontramos que ese instinto empieza a disolverse. Por supuesto, no es de golpe ni de inmediato, por lo que en esta época de transición me parece sumamente importante no dejarse llevar por los pensamientos que nos anclan nuevamente en la lógica del pasado.
Viendo esto nos damos cuenta de que la famosa idea de que el hombre es competitivo por naturaleza, es un gran error, pues parece que el hombre es competitivo por un instinto distorsionado, y que su naturaleza real y esencial, es integradora.

De este modo vemos que no es necesario “obligarse” a cooperar, puesto que esa es nuestra naturaleza, y que es más eficiente buscar aquel estado integrador para vivir, que obligarse, como hemos hecho durante miles de años, a actuar cooperadoramente en las situaciones en las que nos sentimos “obligados” a ello. Por supuesto, del mismo modo, cuando estamos “obligando” (aunque sea una exigencia interna, mental o inconsciente) a cooperar a los demás, estamos también actuando con esta mente antigua. A veces nuestra mente espera, exige de otros que hagan lo que nosotros consideramos que es correcto. En esos casos, no dar energía a este tipo de pensamientos hace que se vayan disolviendo y que, con el tiempo, dejen de aparecer.

Habrá situaciones en las que tu corazón, tu intuición, o algo dentro de ti, te esté diciendo que cooperes, y en otras que, aunque en apariencia sean “buenísimas acciones” no sientas que tengas que cooperar. Eso no te hace ni buena persona, ni mala persona, sino que simplemente tu corazón no siente ahí que tenga que participar, pero seguramente lo hará en otras acciones más adecuadas a tu vibración actual.

El mejor indicador de que vamos por buen camino es cuando sentimos que estamos cooperando sin esfuerzo.
Si existe un esfuerzo, una resistencia, o un rechazo, entonces es probable que estemos entregando nuestra energía distorsionada, y ahí es positivo plantearse: ¿estoy cooperando en algo que me pide mi corazón, o me lo está pidiendo la “imagen” oficial de lo que se supone que tengo que hacer? Detenerse y tomar conciencia nos hará, simplemente, tomar un nuevo rumbo.

Curiosamente, cuando dejamos de dar nuestro esfuerzo en aquellas cuestiones que no sentimos vibracionalmente, aparece una nueva energía totalmente disponible para seguir actuando en otros ámbitos, con más ligereza y sin esfuerzo.

Otro indicador de que estamos entregando energía donde no corresponde, es cuando estamos estableciendo “juicios” internos sobre nuestras acciones: “lo estoy haciendo bien”, “lo estoy haciendo mal”, “no hago lo que se espera de mí”, “hago todo lo que necesitan los demás”, “estoy trabajando por el bien del mundo”, "voy a cambiar el mundo haciendo que la gente cambie su forma de pensar"... etc.  Cuando ponemos toda nuestra atención en las acciones que vibran en nuestra frecuencia, lo que sentimos es simplemente gozo, una alegría natural y sin esfuerzo, aunque haya mucho trabajo, porque estamos haciendo simplemente lo que queremos hacer. Ahí nos olvidamos de “salvar” a los demás, de cambiar a nadie, de querer que los demás piensen con nuestra visión y con nuestro "nuevo paradigma", o de hacer las cosas con supuesta abnegación, sino que simplemente, viviendo desde el corazón de uno, estamos haciendo de forma natural y espontánea lo mejor para los que nos rodean, sin necesitar el esfuerzo de querer “salvarlos”.

He creído interesante escribir este artículo, porque estoy sintiendo que existe una grandísima confusión en todo este ámbito, que frena mucho a la hora de elegir constantemente el pálpito del corazón. Se podría resumir, finalmente, en que cuando vivimos de esta forma, el esfuerzo ya no es parte de nuestras acciones, y cuando éste aparece, lo podemos utilizar como indicador para superar una barrera, o cambiar de dirección. Cualquier “ideología”, cualquier dogma, cualquier slogan que le diga a uno lo que debe o no debe hacer, no es más que una trampa para seguir actuando como ovejas de otros, ya venga ésta vestida con túnicas blancas o rodeada de una increíblemente bondadosa apariencia.

La libertad interior será así la única y exquisita bandera que nos pueda indicar el camino correcto, sea cual sea. 

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