La presión a los empleados




Fragmento del Capítulo 15 de "El Círculo Económico"
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”
Miguel de Cervantes

Uno de los puntos fundamentales que está realmente masificado en un número considerable de empresas hoy en día, es “la presión” a la que se ven sometidos los empleados, y también los propios jefes y propietarios. Pero vamos a hablar de cada uno por separado, puesto que cada uno sufre sus características propias. 
La presión es esa sensación que se constituye dentro de uno, gracias a las amenazas externas, cuyo principal ingrediente es el miedo. Ésta puede tener varios grados; sin embargo, el más común es el grado suficiente como para que el miedo dirija nuestros actos laborales. 
Empleados
Las situaciones pueden ser muy diversas. Vamos a poner un ejemplo: el empleado recibe una llamada de su jefe en la que éste le insiste en la necesidad de “vender” más productos porque, si no lo hace, las cosas están muy mal en la empresa y… “sobra gente”. ¿Qué sucede en el interior del empleado cuando recibe esta llamada? En primer lugar, sus pensamientos se ven inmediatamente sumergidos en el futuro potencial que le está mostrando su jefe: un futuro en el que él, el antes tan querido vendedor, ahora se queda sin trabajo. La imagen es tan rápida que a veces las personas no somos conscientes de que pasa por nuestras cabezas. Y ante el “miedo” de una vida en la que no controlamos la situación, en la que perdemos nuestra “estabilidad” actual, nos disponemos a actuar dirigidos por ese miedo que sentimos en lo más profundo de nuestras entrañas. En esta situación, el empleado es capaz de “venderle un peine a un calvo”, como se suele decir. Cuando el miedo dirige nuestras vidas, los actos consecuentes tienen siempre un regusto indeseable. El miedo es capaz de que cometamos atrocidades para protegernos a nosotros mismos y a nuestras familias.
¿Qué ha sucedido todos estos años en las grandes corporaciones? La mayor parte de los empleados ha realizado “sin planteamientos”, “sin pensar”, la mayoría de las veces, lo que sus superiores les indicaban. Las presiones han podido variar mucho: “tengo dos personas para el mismo puesto”, “tenemos que vender más para ser los primeros”, “no te quedes atrás, Paco, que mi puesto solo se lo va a llevar uno…” etc, etc, etc… 
Y esta forma de actuar es sumamente peligrosa por varios puntos:
1. Creemos que nos “exime” de responsabilidades. Es decir, “hacemos lo que nos piden”, “para eso nos pagan”; y de esta forma, estamos dejando fuera de nosotros toda la responsabilidad de la situación. Disfrazamos el significado de “responsabilidad” como “cumplir con lo que nos mandan”, en lugar de ser responsables con nosotros mismos, y hacer las cosas que en lo más profundo de mí, sé que debería hacer. Bajo esta forma de comprender nuestras vidas, tan poco responsable con nuestros propios actos, los seres humanos hemos llegado a extremos tan radicales como la expansión del nazismo, comunismo, y tantos “ismos” terriblemente dolorosos para toda la humanidad. El hecho de justificar nuestros actos con el “mandato superior”, no solo no nos exime de responsabilidad, sino que nos debe hacer reflexionar sobre qué tipo de vida llevo en la que soy dirigido por una autoridad que no es mi propio ser. 
2. Los actos que son resultado de la dirección del miedo, no son actos “limpios”, de modo que suelen traer, no solo consecuencias negativas para uno mismo, sino también para los que nos rodean. Cuántas veces un empleado ha vendido productos a un cliente, sabiendo de antemano que el cliente no lo necesita, y no tiene la información suficiente como para adquirirlo. Aún así, “la presión”, el miedo, consiguen que el empleado deje de lado lo que él haría, para hacer aquello “por lo que le pagan”. Después, cuando las cosas salen mal y el cliente vuelve reclamando, llega la culpa. Es cierto que muchos empleados se autoconvencen de tal modo de estar haciendo lo correcto, que llegan a estar “inmunizados” de culpa y arrepentimiento. Como estos casos los considero “incurables”, los dejaremos; de momento, prefiero dedicarme a aquellas personas que aún pueden darse cuenta de la importancia de ser conscientes de nuestros actos. 
3. Esta forma de vida es un sufrimiento constante. Únicamente sentimos alivio cuando cumplimos “las órdenes”, “los objetivos” marcados. El resto del tiempo, sentimos una preocupación permanente que nos hace realmente infelices. Este tipo de empleado suele tener también bastantes posibilidades de sufrir enfermedades cardiacas y otro tipo de colapsos físicos. No se trata de asustar a nadie, sino de enfrentarnos con la realidad, y aunque este tema sería demasiado amplio para tratar aquí sin derivarnos demasiado, tenemos también que resaltar la importancia de nuestros comportamientos y sufrimientos internos a la hora de sufrir un determinado tipo de problema físico. Y aunque no debemos actuar responsablemente con nosotros mismos por miedo a caer enfermos, sí que es necesario que tengamos en cuenta que es una consecuencia más frecuente de lo que parece.
Por todo esto, considero muy importante que cada uno tenga en cuenta la importancia de la responsabilidad con uno mismo; ya que, hoy en día, es muy común observar cómo la gente culpa a otros de sus actos, aún sabiendo que lo hacían en contra de lo que su ser más íntimo les invitaba a hacer. 
¿Qué soluciones y prácticas podemos tomar si estamos viviendo una situación de este estilo?
En primer lugar, podemos comenzar por ser conscientes, por darnos cuenta. La mayoría de las personas que están en esta situación, solamente sufren, pero no son conscientes de que es el miedo quien dirige sus vidas. Nuevamente obvio los casos en los que el miedo a no sobrevivir es tan acérrimo, que la persona es capaz de cometer cualquier atrocidad con otro ser humano por sobrevivir él mismo. Pero a aquellos que aún piensen que, por encima del instinto de supervivencia se debe abrir la conciencia humana, el respeto y la generosidad, os invito a realizar el ejercicio de ser conscientes de vuestros propios miedos. El miedo no se irá de un día para otro, tampoco esa es la pretensión de esta propuesta. Lo que aquí tratamos de practicar es la observación, porque la misma observación ya tiene, en sí, un carácter “curativo”. Si tenemos miedo, lo tenemos, seamos conscientes, pues. No tratemos de eliminarlo, porque eso solo nos hace más infelices. Simplemente, observemos cómo el miedo se posiciona como “gerente” de nuestras vidas. Solo observarlo, nos traerá un conocimiento posterior que cada uno debe investigar por sí mismo. 

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